top of page

Este es mi vientre, Rosaura Pozos

 

Creadas al interior del huerto de la casa donde vivo, las imágenes que integran "Este es mi vientre" conforman un autorretrato que evoca un periodo de reflexión y autorreconocimiento.

Una parte del terreno que me vio crecer y el cual otrora fuera de labranza, alberga hoy la construcción que hice a mi regreso, después de décadas de haber partido.

Aunque la naturaleza de esa tierra ha cambiado, sigue albergando gran parte del ecosistema al que llegué en mi primera infancia y a través del cual comencé a comprender la vida; un pequeño cosmos en el que, además, he enfrentado los cuestionamientos más importantes de mi edad adulta: ¿qué es la raíz?; ¿en dónde y cómo nace la vena que nos une al mundo?

La búsqueda de respuestas estuvo enmarcada por una etapa de gran aislamiento, la asimilación y la afirmación de mi decisión de no haber sido madre, la construcción de mi estudio y la barda del huerto, y el hallazgo de un nido con cuatro pequeños gazapos que los albañiles hallaron debajo de las piedras con que harían los cimientos. De los cuatro tres murieron por deficiencia de leche materna pues los resguardamos pensando que su madre no volvería, y sólo una hembra sobrevivió.

Ella, reflejo de la naturaleza salvaje y humana al mismo tiempo, pues nunca cedió totalmente a la domesticación y sin embargo se vio orillada a vivir encerrada en el huerto; se convirtió para mí en el símbolo de ese momento de mi propia vida.

Marcada por una historia de movilidades y un anhelo constante de viaje, había vivido hasta entonces pensando siempre en irme. Irme siempre era mi consigna; no arraigarme para sentirme libre, era mi premisa. Pero volver a mi punto de partida encerraba en cierta medida una búsqueda de asidero o al menos una búsqueda de respuesta al por qué de mi desarraigo. Por eso las piedras, las plantas y los animales de esa tierra removieron mis recuerdos y fueron el espejo en que me vi reflejada para después, nuevamente, hundirme en el cielo y las nubes fugaces; tan fugaces como la vida, como el tiempo, y también como la muerte.

Cuando la coneja fue atacada por un gato, era una adulta y había pasado ya un periodo en el que, ante mis ojos, comenzó a juntar pasto seco y a colocarlo en una pequeña cavidad que había a un costado del muro. Iba y venía con gran rapidez; hacía un nido que nunca sería ocupado.

Al día siguiente de aquella noche en que intentó defenderse del felino, ella murió y yo lloré. Ya no tendría más el motivo que me hacía abrir la puerta cada mañana y andar por el huerto mirando sus movimientos, los árboles, la hierba, las flores, los insectos y el rocío; ya no tendría con quien abismar mi pensamiento. Ya no podría dejarme ir en la belleza de sus ojos redondos y en todos mis intentos por entender su empecinado afán de lamerse a sí misma…

Y sin embargo, su ausencia me condujo a entender su legado: Durante su corta vida yo pude sentirme unida a la tierra no terruño, sí materia vital. Sí ombligo umbilical.

Sembramos su cuerpo inerte al pie del árbol de mora y desde entonces, son incontables sus frutos y las aves, que en primavera, se posan a diario buscando el jugo encendido.

 

bottom of page