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Cuando era niña y vivía en el campo, leí a escondidas uno de los pocos libros que encontré en mi casa. Era de mi hermano ya adolescente y hablaba, entre otras cosas, sobre el rocanrol en la enorme y caótica capital mexicana. 

Más tarde; apenas entrando a la juventud, abandoné el seno familiar y me dispuse a dar tumbos que pronto encontraron sentido a través de la fotografía. 

Décadas después, regresé al lugar donde viví mi infancia y parte de mi adolescencia; pero volví esperando irme nuevamente y sólo hasta hoy, que debido a la pandemia me he visto obligada a quedarme, es que he comenzado a mirar de frente este espacio mío.

El terreno que me vió crecer se convirtió entonces en un motivo casi sin darme cuenta.

Creadas al interior de los metros cuadrados que ocupan mi huerto; estas imágenes son un autorretrato que refleja mi vínculo con la tierra como fuente de re-conocimiento, en un tiempo donde la tecnología y el mundo virtual que implica parecen alejarnos cada día más de ella.

Mi niñez, sin televisión ni cámara fotográfica ni computadora, transcurrió en esta misma tierra y, como ahora, rodeada de hierbas y de animales; a través de los cuales yo comencé a comprender el mundo.

Mención especial merece la parda coneja montuna nacida debajo de las piedras que usaron los albañiles para los cimientos de mi estudio. Es la única sobreviviente de cuatro gazapos que quedaron descubiertos, y en sus ojos bien redondos, me reflejo a diario.